Cuando algo se rompe por fuera, es posible que también esté buscando repararse por dentro

Durante un tiempo me limité a sobrevivir. Me mantenía ocupada, cumplía con mis tareas, sonreía cuando tocaba y evitaba mirar hacia dentro. Aparentemente, todo funcionaba. Tenía estabilidad, metas cumplidas, rutinas ordenadas. Sin embargo, algo no terminaba de encajar. Había momentos de vacío, de tristeza sin causa concreta, de cansancio existencial. Como si faltara una pieza esencial que no sabía dónde buscar.

No siempre tenemos palabras para describir lo que sentimos. A veces lo que nos duele no es un hecho puntual, sino la acumulación de todo lo que hemos callado durante años. Las veces que nos hemos puesto en último lugar. Las emociones tragadas. Las decisiones que tomamos desde el miedo, desde la costumbre, desde lo aprendido.

Mi camino de reconstrucción no empezó con una gran crisis. Comenzó mucho antes. A los doce años, la vida me dio un giro brusco que no supe nombrar hasta mucho tiempo después: la muerte de mi padre. Aquel dolor se instaló sin avisar, silencioso, profundo, marcando un antes y un después en mi manera de relacionarme con la vida. A partir de entonces empecé a dejar de mirarme. Empecé a adaptarme, a cumplir, a esforzarme por no molestar, por ser fuerte. Sin darme cuenta, comencé a desconectarme de mí.

Años después, cuando estudiaba delineación, sucedió algo que a simple vista no parecía tener mucha trascendencia. Estaba dibujando a mano mi proyecto final: un puente grúa. Lo había construido con precisión, dedicación y entrega. Y en un descuido, lo rompí. Una parte del papel se rasgó y con ella sentí que algo en mí también se quebraba.

Me senté, lloré durante horas. No por el dibujo en sí, sino por todo lo que ese acto despertó. Fue como si esa rotura física activara una herida antigua, una fractura interior que venía arrastrando desde mucho antes. Lo sentí como una señal de que algo dentro de mí también estaba buscando reconstrucción. Volví a coger el lápiz y lo redibujé desde cero. No sabía que ese gesto marcaría un símbolo poderoso que me acompañaría el resto de mi vida.

Con el tiempo entendí que ese puente no era solo un proyecto académico. Era un espejo. Un reflejo de todas las veces que había tenido que recomenzar sin saber cómo. Porque la vida me tenía preparada otras rupturas: la pérdida de mi hijo Hugo a los cuatro meses de vida, un divorcio que me dejó vacía y una sensación de estar perdida en mí misma que me acompañó durante años. Etapas en las que no encontraba salida, ni sentido, ni dirección. Y sin embargo, en cada una de ellas hubo algo que permaneció: una llama tenue, una voz interna que susurraba que todavía había algo por reconstruir.

Así nació El Puente Roto®, no como un concepto, sino como una vivencia real. Como una metáfora de lo que muchas personas experimentan en algún momento: sentirse desconectadas, fragmentadas, cansadas de sostener. Personas que aparentan tener una vida funcional, aunque por dentro arrastran un peso que no saben nombrar.

Este método no se apoya en fórmulas. Se construye desde la experiencia, desde la escucha auténtica y desde herramientas que me han acompañado durante años: bioneuroemoción, discurso consciente, psicoanálisis aplicado, reprogramación emocional, mindfulness, respiración, Reiki y Cábala. Todo lo que integro nace de haberlo vivido primero en mí. Y de haber visto cómo puede transformar también la vida de otras personas cuando se acompaña con presencia.

Cuando alguien llega a mí, lo primero que hacemos juntas no es analizar, ni buscar explicaciones. Lo primero que hacemos es detenernos. Parar. Respirar. Sostener. Dar espacio a lo que ha sido ignorado o postergado. A veces, solo eso ya produce un pequeño giro. Una grieta por donde entra la luz.

El Puente Roto® es para quienes sienten que han perdido la conexión consigo mismas. Para quienes repiten patrones, aunque no comprendan de dónde vienen. Para quienes sienten un cansancio emocional profundo. Para quienes intuyen que algo está pidiendo ser mirado con más profundidad, aunque aún no sepan ponerle nombre.

A lo largo del proceso, lo que antes parecía caos empieza a adquirir sentido. Las emociones encuentran su lugar. Las heridas se reconocen. Se abre paso una nueva claridad, una forma más honesta de estar en el mundo. Y sobre todo, aparece una reconexión con lo esencial: contigo misma, contigo mismo. Con tu verdad. Con tu fuerza. Con tu voz.

No puedo anticipar lo que sentirás. Cada proceso es único. Lo que sí puedo asegurarte es que no estarás sola ni solo. Te acompañaré con respeto, con presencia, con la sabiduría que nace de haber caminado también por esos lugares. Sin juicio. Sin prisa. Con un corazón abierto.

Quizá estés justo en ese punto. En el borde de un puente que parece roto. Sin saber muy bien cómo seguir. Y aun así, sientes dentro de ti que ha llegado el momento. El momento de parar. De mirarte. De dejar de huir.

Si algo de este texto te ha tocado. Si algo en ti se ha activado. Si algo te dice que ya no quieres seguir igual, aunque no tengas todavía todas las respuestas…

Escríbeme. Estoy aquí.

📩 Puedes reservar tu sesión desde los contacto de mi web:
🌐 www.loubaro.es

Cuando todo parece roto, también puede estar naciendo algo nuevo.
Cree en ti. El puente ya está esperando.

Feliz Vida!