La lucha invisible en las parejas

Durante mucho tiempo pensé que en el amor había que resistir. Que si de verdad quería que una relación funcionara, tenía que pelear, insistir, demostrar. Pensaba que rendirse era sinónimo de fracaso y que soltar era igual a perder. En estos días entendí algo que ha cambiado por completo mi mirada: rendirme no es perder, es volver a mí. Dejar la lucha me regala una paz que nunca encontraré en la batalla.

Cuando hablo de “pelea” no me refiero únicamente a discusiones o gritos. La lucha en pareja muchas veces es silenciosa. Es esa necesidad constante de tener razón, de querer cambiar al otro, de sostener una relación que ya pesa más de lo que nutre.

Quizás lo has vivido: desgastarte intentando que te vea, que te escuche, que te valore. Repetir una y otra vez los mismos diálogos internos: “Si me esfuerzo más, si cedo un poco más, si aguanto… tal vez todo cambie.” Es esa batalla invisible que, aunque no siempre se nota desde fuera, por dentro va apagando la alegría y la confianza en ti misma.

Yo también me he visto atrapada ahí. Esa sensación de que, si dejaba de luchar, todo se derrumbaría. Y sin darme cuenta, lo que realmente se estaba derrumbando era mi propia paz interior.

Nos enseñaron que amar es aguantar, que quien lucha merece reconocimiento. Muchas veces repetimos lo que vimos en casa: madres que sostenían, padres que callaban, parejas que se quedaban juntas aunque el amor ya se había ido.

El problema es que esa idea de amor nos coloca en guerra constante. Una guerra contra el otro, contra nosotras mismas y, sobre todo, contra la realidad. Queremos que la relación sea como soñamos, no como es. Queremos que la otra persona cambie, sin mirar cuánto nos estamos perdiendo en el intento.

El precio de esa batalla es alto: ansiedad, cansancio, sensación de vacío. Te descubres con el corazón encogido, esperando un gesto, una palabra, un reconocimiento que nunca llega como lo imaginas. Y mientras tanto, tu vida se convierte en un campo de batalla donde siempre sales herida, incluso cuando “ganas”.

El momento de rendirse

 

En estos días comprendí algo que parecía obvio y, sin embargo, me costó una vida interior entera aceptar: rendirme no es perder, es liberarme.

Dejar de pelear no significa conformarme ni huir. Significa aceptar lo que es, mirarme de frente y soltar el peso de querer tener la razón. He decidido que ya no quiero invertir más energía en demostrar, convencer o sostener. Y lo que ha llegado es inesperado: la calma.

La calma de dormir sin reproches en la cabeza. La calma de sentir que no tengo que defender mi lugar. La calma de descubrir que mi valor no depende de lo que el otro vea o no vea en mí.

Perdí la pelea externa, esa que me ataba a discusiones, justificaciones y silencios dolorosos. Y gané la batalla más importante: la de recuperar mi paz.

Rendirse no es resignarse

Quiero dejar algo claro: rendirse no es lo mismo que resignarse. Resignarse es bajar los brazos con amargura, es quedarse atrapada o atrapado en el “esto es lo que me toca”. Rendirse es distinto: es elegir no invertir más energía en lo que desgasta y abrir espacio para lo que sí nutre.

Rendirse es un acto de amor propio. Es reconocer que el amor real no se construye en un ring de boxeo, sino en un espacio de libertad y respeto mutuo. Es aceptar que la paz vale más que cualquier victoria en una discusión.

Al entenderlo he sentido un alivio profundo. No he perdido nada, en realidad lo estoy ganando todo. Cuando eliges tu paz, ya no hay derrota posible.

Lo curioso es que cuando dejas de pelear, cambia la energía. Tal vez la relación se transforma, porque ya no necesita del conflicto para sostenerse. O tal vez se aclara que ese vínculo no tiene lugar en tu presente. En ambos casos, lo que aparece es luz: claridad, paz, libertad.

Al soltar la pelea descubres que puedes respirar más profundo, que puedes escucharte sin tanto ruido. Que detrás de la lucha siempre hay un miedo: miedo a quedarme sola, miedo a no ser suficiente, miedo a que se repitiera una historia de abandono.

Y si en lugar de seguir luchando contra esos miedos, lo abrazamos. Los miramos a los ojos. Comprendemos que no necesitamos pelear con ellos, solo necesitamos darnos el permiso de habitarlos y atravesarlos.

Ese es el verdadero regalo de rendirse: encontrarnos con nosotras y vosotros mimos.

Tal vez tú también te has descubierto enredada en peleas que parecen no acabar nunca. Tal vez llevas años intentando que una relación cambie, que la otra persona sea distinta, que el amor se parezca a lo que imaginaste.

Quiero decirte algo desde mi experiencia: perder esa pelea no es rendirse al vacío, es abrir la puerta a la vida. Es darte la oportunidad de descansar del ring y empezar a caminar hacia tu propia paz.

No se trata de que dejes tu relación ni de que tomes una decisión drástica. Se trata de que elijas dejar de pelear. Que aprendas a reconocer cuándo esa batalla ya no tiene sentido y cuándo lo que de verdad te pide tu alma es rendirte para ganar.

Hoy, con toda la calma que antes me parecía imposible, puedo afirmar: estoy feliz de haber perdido la pelea. Ya que esa pérdida me ha devuelto a mí. Me ha recordado que no necesito demostrar nada, que mi valor no depende de lo que otro haga o diga, y que mi paz interior es el mayor tesoro que tengo.

Si sientes que vives atrapada en un bucle parecido, quiero que sepas que no tienes que recorrerlo sola. La terapia individual es un espacio donde puedes soltar esa lucha de manera consciente, acompañada y sostenida. Es un lugar donde juntas abrimos espacio para que tu historia se reescriba, donde dejar la pelea no se siente como derrota, sino como la mayor de tus victorias.

Perder puede ser el inicio de volver a ganar. Y a veces, lo único que necesitamos es permitirnos rendirnos para, al fin, empezar a vivir.

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Cuando todo parece roto, también puede estar naciendo algo nuevo.
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Feliz Vida!